futbol ecuador

Los comensales inesperados

comensalesinesperados1

Palacio de Monterrey, en Salamanca. Al fondo se ve a la gente parada al pie de la puerta, esperando a la Duquesa de Alba

comensalesinesperados2

Cayetana, duquesa de Alba, con don Alfonso Díez, en ese momento novio, actual duque consorte


Hay ocasiones especiales en las que se puede ver de cerca a miembros de las casas reales europeas y a gente de la nobleza. Sinceramente, aun siendo periodista no se me ocurriría ir a hacerles guardia para tomar una foto tras la celebración de una boda, bautizos, primeras comuniones, inauguraciones de arte, actos institucionales, entre otros. O bueno, lo haría si tuviera asignada una cobertura para algún medio. Pero como las coincidencias lo eligen a uno y no uno a ellas, en el momento que me encontré con Cayetana, duquesa de Alba, y su entonces novio, Alfonso Díez, me tuve que replantear esta posición. En un conocido restaurante de comida italiana en Salamanca, España, sucedió todo. Faltaba menos de un mes para la mediática boda que protagonizaría, a sus 85 años, la mujer con más títulos nobiliarios a nivel mundial, según el libro Guinness de los récords. Eran las fiestas de la ciudad y yo no tenía idea de que se hospedarían en el Palacio de Monterrey en aquellas fechas.

Mi grupo fue el primero en llegar al establecimiento, por lo que nos ubicaron en la parte posterior. Minutos después el resto de comensales ocupó las demás mesas vacías, excepto la zona del fondo a la izquierda. De pronto, el ruido de los cubiertos cayendo sobre los platos al unísono hizo el silencio. Las voces de los niños develaron la novedad: ¡Es la duquesa!, ¡Mira, mamá, la de la tele! En dirección a su mesa reservada, ella caminó sonriente hacia un coche, acarició el rostro del bebé en su interior y saludó a la familia que lo cuidaba. Su atento novio la guió hasta su asiento y fue en ese momento cuando reparé en las conductas a mi alrededor. Discretamente se desenfundaban celulares y las señoras sacaban los lentes de las carteras. Los cuellos se estiraban y las miradas entre los presentes se chocaban incrédulas. Pasados unos 45 minutos empezó el desfile. Los niños que querían ir al baño daban toda la vuelta al restaurante para verla de cerca, pero su alborotada melena gris los recibía. De su rostro, ni una pizca. Estaba de frente a su novio y de espaldas al mundo.

“Lo mejor que puedes hacer con alguien así de famosa es dejarla comer en paz”, dijo uno de mis acompañantes. El resto callamos. Para una vez en la vida que la veríamos nos preguntábamos si alguien se acercaría por una foto. Al final nadie interrumpió. Terminamos el almuerzo y salimos. Afuera se imaginarán la escena. Fotógrafos y gente preparada para el momento Kodak, mejor dicho Instagram. Avanzamos por la calle de La Compañía que, según me contaron, popularmente la llaman calle de los tres coños: coño qué bonita, coño qué larga y coño qué fría. Hasta que escuchamos ¡se me quedó el…! De regreso, venían de frente la duquesa y su ahora duque consorte rodeados por curiosos que los felicitaban y gritaban ¡viva los novios! Varios metros más allá, justo antes de entrar a su casa (el palacio), se detuvieron para posar. Después de tomarles una foto, no se me ocurrió nada mejor que decirles “felicidades y buena suerte”. Don Alfonso muy atento me respondió “gracias a vosotros”.

Gilles Lipovetsky, en su libro El Imperio de lo Efímero, explica: “Hoy no queremos tanto suscitar la admiración social como manifestar un gusto estético, y no tanto significar una posición de clase como parecer jóvenes y desenvueltos”. Creo que ahí radica el encanto de esta pareja que con gesto amable va por la vida y llena páginas en las revistas.

Fotos: Alicia Ronquillo
 

Columnistas