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El esplendor Adler

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Dibujo de José Hadad para Adler del collar Sparks, en oro blanco de 18k con 18 rubíes en forma de pera y más de 52 diamantes. También tiene diamantes negros.

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Las creaciones son llamativas e imponentes.

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La familia Adler: Franklin y su esposa, Leyla. Atrás, Carlo Adler y los hijos de Franklin, Allen y Sharon.

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Collar en titanio llamado Diva púrpura. Con diamante en forma de pera y pequeños diamantes claros y  cafés.

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En plena labor en los talleres.

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Collar de titanio engastado con pequeños diamantes en forma de hojas.

“Durante toda una mañana que duró mi visita me sentí sumergida en un cuento de las mil y una noches frente a esas espléndidas obras”.

Una aventura humana de creatividad, innovación, audacia, tenacidad y buen gusto lleva el nombre de Adler. En efecto, las joyas magníficas que salen de sus talleres poseen una celebridad sin fronteras.

Tuve la oportunidad de conocer a Franklin Adler durante una recepción y a los pocos minutos empezamos a hablar de sus joyas. De ahí nació la idea de una visita a su joyería de la exclusiva Calle de Rhone de Ginebra, a fin de conocer al resto de su familia y su historia, que empezó con el joyero Jacques Adler en el siglo XIX en el imperio austro húngaro, quien abandonó Viena, su ciudad natal, para abrir un taller en Estambul, en aquel tiempo capital mundial de la joyería.

De hecho, para Franklin Adler el mundo de las joyas es una pasión que se puede percibir a través de sus palabras y esa misma pasión es compartida por su hermano Carlo, su esposa Leyla y luego transmitida a sus hijos Allen y Sharon, todos ellos de gran calor humano y con esa seguridad y regocijo de la gente que ama profundamente el trabajo que realiza.

Durante toda una mañana que duró mi visita me sentí sumergida en un cuento de las mil y una noches frente a esas espléndidas obras de arte cuajadas de diamantes, esmeraldas, zafiros, rubíes y tantas otras piedras preciosas. Reconocer una joya Adler es fácil, pues su estilo único se inspira en la historia del arte, combinando la maestría del Occidente con la magia de las formas curvas del Oriente. Rojos cafés, amarillos, verdes, azules se unen en motivos audaces, ofreciendo mil posibilidades de colores para algunas de esas joyas inspiradas en varios estilos, algunas en el imperio otomano, fuente del refinamiento del Mediterráneo del siglo XV al siglo XX. Sin el menor asomo de duda, todos esos estilos cohabitan en una perfecta armonía nacida de una sensibilidad inteligente que habla de viejas culturas y de modernidad, en la búsqueda de su propia identidad artística que lleva el sello Adler.

Es importante añadir que el uso del titanio en las joyas Adler como soporte a los diferentes engastes se debe a la ligereza que otorga a ciertas piezas, como por ejemplo los aretes largos y muy elaborados, cuyo peso se puede comparar con plumas.

Ciento veinte años más tarde, nada ha cambiado habida cuenta que la casa Adler guarda celosamente cada una de las etapas desde la creación, elección y adquisición de piedras preciosas alrededor del mundo hasta el diseño y comercialización. Sus boutiques exclusivas de Ginebra, Londres, Gstaad, Hong Kong, Moscú, Tokio, Dubái, Doha y Abu Dhabi son los lugares donde se da cita la élite internacional afortunada, siempre en búsqueda de objetos de lujo. Sin temor a equivocarse, cabe señalar que entre sus clientes importantes se encuentran los potentados del Golfo Pérsico. En un principio de absoluta confidencialidad, la familia Adler no declara jamás los nombres de las personalidades que han adquirido sus joyas, aunque a veces nosotros podemos reconocer algunas que lucen esas celebridades, pero ahí termina todo.

Allá por el otoño del 2008, varios talentosos jóvenes diseñadores de joyas que salen de las grandes escuelas de Europa, entre ellas la Escuela Bulle de París, se sintieron atraídos por el premio que lanzó Adler ese año para diseño de joyas, lo que los condujo a presentar proyectos excepcionales. De hecho, algunos fueron seleccionados para prácticas en la empresa Adler.

 

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