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La cocina y las imágenes

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Escena de Ratatouille: una rata se convierte en chef

No soy en lo absoluto conocedor del cine, veo muy de repente películas en sitios especializados. Es tan agradable tener en casa al alcance de la mano algo de bocados, una copa de vino. En las salas de cine llega el perro caliente, crujen las palomitas de maíz. Definitivamente, el placer de los ojos se lleva bien con el de las papilas gustativas.

Recuerdo películas donde la comida ocupó el primer plano, siendo mi predilecta Ratatouille, donde Remy, una rata, se convierte en el mejor chef de París. Pero vi varias veces la Fiesta inolvidable, donde Peter Sellers acumula las más inverosímiles torpezas en una cena de locura. Disfruté Como agua para chocolate, donde la cocina, los aromas, sabores, recetas se convierten en eslabones de una historia de amor. Nunca vi un filme más inquietante acerca del tema como La comilona (La grande bouffe) casi escatológica, a veces frisando lo repulsivo, mostrándonos a cuatro ricachones extravagantes llevando como meta comer hasta reventar acompañados por mujeres de cascos ligeros dispuestas a las más crudas fantasías. La cena de los idiotas (Dîner de cons) invita supuestamente a un menso cuidadosamente escogido, el que también acumulará las torpezas pero dará una lección a quienes pretendían reírse a costillas de él. Encontré la poesía en El festín de Babette, que culmina en un casi ceremonial gustativo hasta llegar al clímax. No puedo olvidar Chocolat con Juliette Binoche, cuando una mujer logra revolucionar un pueblito dormido abriendo su tienda de confitería. Pero donde más me divertí fue cuando vi L’aile ou la cuisse (El ala o el muslo) con un genial Louis de Funès actuando como inspector.

Recuerdo las codornices con pétalos de rosas de Laura Esquivel. La gastronomía son imágenes, porque la belleza entra por los ojos, se agudizan todos los sentidos frente a colores, sabores, texturas, sonidos. El gourmet de verdad sabe que la sensualidad es un privilegio cuando se la sabe pulir al extremo. Así, Leonardo da Vinci plasmó una Última Cena con inauditos detalles (casi nueve metros de largo), los holandeses del siglo XVII se dedicaron a pintar bodegones donde abundan frutas, flores, comidas, legumbres, peces, ollas. La gastronomía no puede prescindir de la imagen, no se concibe una receta sin la debida fotografía. No existen límites en la inspiración, lo que nos explica por qué Rembrandt y Soutine pintaron bueyes desollados; Chardin, una gallina muerta colgando de un gancho.

El sibarita disfruta viendo en la cocina las legumbres con su rocío, los frascos de salsa, las cacerolas con su brillo. Todo habla de luz, como en pintura. El artista hiperrealista Ralf Goings reúne un frasco de tabasco, la salsa A1 y otros condimentos, provocando en el espectador sensaciones evidentemente gustativas. En el siglo I después de Cristo ya se ven en Pompeya pinturas murales representando canastas llenas de frutas, las manzanas inspirarán a Paul Cézanne. Arcimboldi construirá caras usando exclusivamente legumbres, hojas de la vid, madera de las barricas y frutas desde luego.

Hemos quizás perdido el sentido de la magia. Podría esta carencia justificar hasta cierto punto la cocina molecular, pero el llamado slow food habla de una persistencia en la memoria, una paciencia admirable, elección de los mejores productos, vuelta a lo natural, lo ecológico (bio). El chef es un mago, un artista creativo y por ello se habla de cocina de autor, vino de autor.

Que sea en la pantalla grande, en los múltiples programas culinarios de la televisión, las revistas especializadas en papel cuché con soberbias ilustraciones, estamos hablando de una fantástica unión entre lo que ven los ojos, saborea nuestro paladar, huelen nuestras narices.
 

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