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Caosborondón reloaded


Sorprendente la cantidad de respuestas que recibí sobre el artículo Caosborondón del mes pasado. Me demuestra que uno no es el único observador. Mis vecinos cercanos y lejanos también disfrutan –y padecen– de lo bueno y lo malo de vivir “fuera de la ciudad”, afirmación que por demás se vuelve cada día menos real. Esto ya es la ciudad.

Waleska Wilson dice que los problemas de tráfico en las vías se dan debido a los “choferes asesinos y conductores kamikaze”. Más allá de la divertida descripción, hay un patrón que se repite y lo he podido observar en varios casos cercanos: en la mayoría de accidentes, los choques se han dado con choferes manejando autos de lujo. ¿Será que se entusiasman con el acelerador cuando sus jefes no están vigilando?

La otra situación –kamikazes– está basada en una premisa falsa: la vía a Samborondón está hecha para correr a altas velocidades. La realidad es que la mayor parte del día, el tráfico es más pesado que en la misma Guayaquil. Invasivos 4x4 o ligerísimos deportivos surcan las avenidas e intersecciones como si de un rally se tratase, eludiendo desafortunados autos tamaño normal y el ocasional transeúnte, potencial víctima que camina alerta para no terminar bajo las llantas de un Hummer o elevada varios metros sobre el piso por un deportivo modelo 2012.

Expandiendo sobre el mismo tema, Fabián Decker –uno de los primeros colonos de la zona– dice: “Los temas del tráfico, la cantidad de gente en misa, el agua y los centros comerciales han sido un dolor de cabeza, pero serían más sostenibles si no hubiese tanto irrespetuoso y mal educado que ni siquiera conoce el elemental uso de una avenida con 4 discos pare en sus  intersecciones”. Creo que se refiere a los nuevos discos que están en la esquina del Parque Histórico –entrada a Entre Ríos–. Puedo dar constancia –como residente de esa urbanización– que mis niveles de ansiedad, ya de por sí más altos que el promedio, se elevan cuando tengo que cruzar por ahí. Espero esté en análisis la opción del semáforo.

Finalmente –por falta de espacio y no de ganas– cito a Carlos Jurado, quien, sinceramente, no me confirma si es residente de Samborondón, pero comenta que el sector es “un lugar hecho con mucho esfuerzo para  agotar la paciencia  de toda la gente que cree que vivir allá les va a ofrecer un estándar de vida más alto”. El comentario de Carlos me deja varias preguntas flotando: ¿En realidad es mejor vivir por acá? ¿Hasta cuándo –uno, cinco, diez años– vamos a poder mantener un ambiente de relativa tranquilidad? Claro que tenemos casas lindas, avenidas iluminadas y centros comerciales nuevos, pero ¿es suficiente? Y más interesante aún, cuando el sector se vuelva una zona tradicional para vivir, ¿hacia dónde se moverá la gente para alcanzar nuevamente ese estatus que Samborondón originalmente ofrecía?

Muchas preguntas que todos podremos responder si mantenemos los ojos bien abiertos.
 

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