Miércoles, 03 de Agosto de 2011 00:00
Jaime Núñez del Arco
El avión se apresta a decolar. Enfrentando desafiante el horizonte, levanta vuelo. A partir de este momento –o tal vez desde mucho antes– los hombres, mujeres y niños que me acompañan en este viaje se unen a los millones que embarcan sus tensiones y emociones entre mareas de nube y viento cada día.
Es que vivir en el aire nos entusiasma: la expectativa del nuevo lugar, la fantasía del viajero trotamundos, el análisis de nuestra propia vida –o la del compañero de turno– a 40.000 pies de altura. Tal como ponía de manifiesto el genial George Clooney en la premiada Up in the air, la vida acaba cuando te envían de vuelta a casa.
Mi vuelo sigue y hace pocos minutos tuvimos un ligero choque con la realidad. Las turbulencias nos callan, obligándonos a intercambiar miradas y dejar de jugar a ser invencibles. Las tensiones se agolpan, las mujeres rezan calladas y los hombres sudan en voz baja. Me pregunto: ¿aplaudirá la gente cuando el avión aterrice? ¿Es aún bien visto hacerlo o ya quedó en desuso, como recordatorio de épocas más ingenuas?
Vuelo hacia décadas pasadas. Imagino sofisticadas aerolíneas como Braniff, uniformes diseñados por Pucci y la cultura del viaje como símbolo de glamour. Como una memoria más próxima, recuerdo los famosos aviones pintados de Ecuatoriana y la injustamente olvidada sección social de este mismo Diario, en donde aparecían afortunados viajeros de los años ochenta fotografiados en la mismísima pista del Simón Bolívar.
Un anuncio que no alcanzo a escuchar y la luz roja se enciende sobre mi cabeza. Arranca el descenso y en pocos minutos diviso la extensa línea gris. La azafata me dice algo pero la ignoro: mi iPod seguirá prendido, enfrentándome a la ley y con volumen al máximo, hasta el instante de zafar el cinturón.
Las llantas rozan el cemento y presiento movimiento: olímpicos aplausos que no se detienen. Incesante golpeteo que solo terminará luego de haber descargado tensión, alegría, temores y sueños. Me uno a la familia en un abrir y cerrar de palmas. Ya calmados, el piloto, henchido, nos dirige un cálido “Welcome to Miami”. Un placer haberlos tenido a bordo.