Hay veces que mejor es ir a pie, en bicicleta o no ir.
Sin saber que los próximos minutos iban a ser una pesadilla acepté la oferta de una amiga para llevarme a la casa. Me habían dejado en el MAAC sin carro. Aunque tenía la opción de que me buscaran más tarde, aproveché el aventón y viendo el ahorro de gasolina como un pequeño aporte al medio ambiente decidí subir al puesto de copiloto y acomodarme en posición de paseo. Últimamente conducir se había convertido en una hazaña, sobre todo en horas pico. Enseguida nos pusimos el cinturón de seguridad y una vez que ella encendió el motor llamé a mi hija para decirle que llegaría en cuarto de hora.
El viaje comenzó y nos dedicamos a conversar sobre la exposición de esa tarde, al rato una llamada interrumpió el diálogo, el ring no dejaba de sonar. Las gotas de sudor aparecieron en medio del suspenso: por un lado, ella trataba de aplastar el botón para contestar, al tiempo que desviaba la mirada del camino y ponía las manos unidas por su teléfono sobre el volante, y, por otro yo, desvariando mientras ponía el pie en un freno imaginario, me aferraba con fuerza al apoyabrazos y apretaba los labios para contener un grito de pánico que pusiera en evidencia el mal rato o el castigo, pensaba, porque recordé que a menudo hago lo mismo. En ese momento una luz roja me devolvió la paz que luego se evaporó al ver que el celular seguía en su mano vibrando insistentemente.
Los quince minutos que siguieron fueron de terror, mi amiga empezó a responder mensajes, atender llamadas, bajarse la nota de voz que su hermana le enviaba desde otra ciudad, contestar un correo a su cuñada y adjuntarle la foto que luego nos tomó, descifró algo que parecía un chiste porque no paraba de reír, reenvió a diez contactos una cadena, yo la miraba pasmada ante tremendo acto de malabar. De repente creyó que su auto era el carro fantástico y lo dejó en piloto automático para buscar entre los símbolos una carita de sorpresa y mientras ella buscaba la tecla correcta, yo buscaba la salida de emergencia.
Empecé a contener la respiración y ya sin emitir sonidos le hacía señales con la mano para indicarle que un carro iba a pasar en el carril opuesto. –Claro que lo vi, lo tengo todo bajo control, dijo. Casi al llegar empecé a mirar las amenazas con forma de autobús letal, desniveles en la vía, peatones arriesgados que cruzaban la avenida y carros que maldecían nuestro paso. Cerré los ojos y casi me da un ataque cuando la escuché dar un grito; al mismo tiempo que me protegía la cara con los antebrazos, le pregunté: ¿Qué pasó? Ella respondió: ¡Qué susto! Pensé que había dejado el cargador de batería. Antes de bajarme le dije que tuviera cuidado al conducir, pero la vi sacar de su cartera un estuche de maquillaje. (Continuará)
