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Salgamos a cocinar

Parecía que iba a ser una reunión de esas en que están los caballeros por un lado y las damas por el otro, llena de risitas y carcajadas resonantes. Cuando recibí la invitación y decía miércoles por la noche, pensé que debía ir, entrar y salir casi corriendo como Cenicienta cuando el reloj marque las doce en punto. Al llegar nos recibieron una copa de vino tinto y una mesa cuadrada con algunos pasabocas que empecé a comer mientras conversaba con la persona de al lado. Poco a poco mi pronóstico se iba cumpliendo; los señores en ronda, de pie con el vaso lleno con algo en las rocas y las señoras sentadas con la mirada láser escaneando alguna vincha mal puesta en la cabeza de la vecina del frente. Enseguida saltaron los típicos temas de mujeres con el marido en primer plano: “Se la pasa a dieta”, “No quiere salir a ningún sitio”, “Me tiene controlada”, y por ahí uno más novedoso: “Me tiene con GPS”. Los diálogos internos casi se escuchaban porque había tres conversaciones al mismo tiempo.

De pronto la anfitriona sale al punto de intersección entre machos y hembras y con una sonrisa medio intrigante nos dice: El chef nos tiene una novedad, y acto seguido otra voz al micrófono nos transportó a uno de esos escuadrones militares mientras decía lo que sería nuestra misión durante las próximas dos horas: escalopes en salsa de mostaza, langostas tempura, risotto pomodoro, ensalada caprese y de postre crepes con manjar. Empezamos al ritmo del Waka Waka como soldados envueltos en un delantal. Luego pasamos a Una loba en el armario y después algo de Juan Luis Guerra, para ponerle más salsa a la comida que nos puso a cocinar en cámara rápida. Unos escogieron su posición al frente de los carbohidratos y otros cubriendo las proteínas. A cada rato se alzaba un grito de auxilio y el chef corría dando instrucciones técnicas.

Además de rallar el queso, picar la cebolla perla, deshojar el atado de albahaca y contar los minutos que quedaban para que la cena estuviera lista, teníamos que cuidar que el refrito llegue al punto preciso para sumergir en él los mariscos, echarle más prego al risotto y que alguien agite sin descanso la salsa para la ensalada. – Nos quedan 30 minutos, dijo la voz del micrófono. – Ponle aceite a la sartén y acaba con las langostas, fue la última orden que dio por culminada la misión. Habíamos vencido, pronto vendría la recompensa.
Contrario a lo que pensé, me hubiera gustado alargar la noche. Antes de despedirnos intercambiamos correos, teléfonos y algunos trucos culinarios como el trocito de cheddar en la salsa pesto. Parecíamos uno de esos grupos que han vivido una verdadera batalla y se llevan algo en común difícil de olvidar. El juego gastronómico nos permitió apreciar nuestras diferencias, olvidarnos mirar el reloj durante tres horas y descubrir que en la cocina se cocina algo más que un plato de comida.

 

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