Internet en América Latina
“Déjame revisar la agenda”. Esa fue la respuesta que recibí de Ana el día que nos topamos a la salida del súper y le dije para reunirnos.
Ella pasó las páginas y se topó con un huequito de diez a diez y quince el día jueves de la siguiente semana, enseguida tomó el borrador del lápiz y como por arte de magia nos consiguió unos 40 minutos más. –¡Ya está!– Me quedé mirándola asombrada por su destreza en el manejo del tiempo y sentí envidia. El día llegó y recibí un mensaje de texto firmado por ella que lamentaba su retraso y que mejor lo dejáramos para la semana siguiente.
Cada vez que le digo a mi esposo: ¿Te quieres tomar un café conmigo? Él me responde: No tomo café. Yo trato de explicarle que lo del café es una pantalla, pero da igual porque siempre terminamos yendo al cine –en el cine también te puedes tomar un café, me responde–. Ya en el cine veo sabiduría en su elección y descubro que hay un pacto secreto entre el café y esas quejas que llevamos en el estuche de maquillaje junto al polvo compacto y el delineador de ojos.
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